La capa más externa de nuestro planeta, denominada litósfera, no constituye un cascarón rígido e indivisible. Se encuentra fragmentada en una docena de bloques gigantescos conocidos como placas tectónicas. Estas placas flotan sobre la astenósfera y se desplazan impulsadas por corrientes de convección térmica a velocidades que oscilan entre 2 y 10 centímetros por año.
En los límites donde estas placas entran en contacto, la fricción impide que se deslicen de manera continua y suave. Como resultado, las rocas a ambos lados del plano de falla se deforman de manera elástica y acumulan enormes cantidades de energía potencial durante décadas o siglos.
El momento de la ruptura
Cuando la tensión acumulada sobrepasa la resistencia mecánica de las rocas o el límite de fricción de la falla, ocurre una fractura súbita. La energía almacenada se libera de golpe en una fracción de segundo desde un punto subterráneo denominado hipocentro o foco sísmico. La proyección vertical de este punto en la superficie terrestre se denomina epicentro.
Propagación de ondas sísmicas
La energía liberada viaja a través del interior y la superficie de la Tierra mediante ondas elásticas clasificadas en dos grupos principales:
- Ondas P (Primarias o Longitudinales): Son ondas de compresión y dilatación que viajan a mayor velocidad (entre 6 y 8 km/s en la corteza). Al llegar a la superficie provocan una sacudida inicial rápida de vaivén en la misma dirección de propagación.
- Ondas S (Secundarias o Transversales): Viajan a menor velocidad (entre 3 y 4.5 km/s) y solo se propagan en medios sólidos. Producen un movimiento cizallante de corte (perpendicular a la dirección de propagación) que genera la sacudida más intensa y con mayor capacidad destructiva.
- Ondas Superficiales (Rayleigh y Love): Se originan por la interacción de las ondas P y S con la superficie. Son las de menor velocidad pero de mayor longitud de onda y amplitud, causando el bamboleo ondulatorio que desplaza estructuras de gran altura.